Una carta que recordar Parte 2



La voz del padre de mi padre está en el murmullo de 

las aguas que corren. 


Estamos hermanados con los ríos que sacian nuestra 

sed.





Los ríos conducen nuestras canoas y alimentan a 

nuestros hijos. Si les vendiéramos nuestras tierras 

tendrían que tratar a los ríos con dulzura 

de hermanos, y enseñar esto a sus hijos.



Ustedes son extranjeros que llegan por la noche a 

usurpar de la tierra lo que necesitan. No tratan a la 

tierra como hermana sino como enemiga. Ustedes 

conquistan territorios y luego los abandonan, dejando 

ahí a sus muertos sin que les importe.




Ustedes tratan a la tierra madre y al cielo padre como

si fueran simples cosas que se compran, como si fueran

cuentas de collares que intercambian por objetos. Su

apetito terminará devorando todo lo que hay en las 

tierras hasta convertirlas en desiertos. Nuestro modo de 

vida es muy diferente del de ustedes, nuestros ojos se 

llenan vergüenza cuando visitan sus poblaciones. Tal 

vez esto se deba a que nosotros somos silvestres y no los 

entendemos.





En sus poblaciones no hay tranquilidad, ahí no puede 

oírse el abrir de las hojas en primavera ni el aleteo de 

los insectos. Eso lo descubrimos porque 

somos silvestres.





El ruido de sus poblaciones insulta a nuestros oídos.

¿Para qué le sirve la vida al ser humano si no puede 

escuchar el canto solitario del pájaro, si no puede oír la 

algarabía de las ranas al borde de los estanques?



Nosotros tenemos preferencia por los vientos suaves

que susurran sobre los estanques, por los aromas de este

límpido viento, por la llovizna del medio día o por el   

ambiente que los pinos aromatizan








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