Una Carta Que Recordar ( 1 )

¿Cómo se puede comprar el cielo o el calor de la tierra?



Ésa es para nosotros una idea extravagante. Si nadie puede poseer la frescura del 

viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que ustedes propongan comprarlos?




Mi pueblo considera que cada elemento de este territorio es sagrado. Cada pino 

brillante que nace, cada grano de arena en las playas de los ríos, los arroyos, cada 

gota de rocío entre las sombras de los bosques, cada colina y hasta el sonido de 

los insectos son cosas sagradas para la mentalidad y las tradiciones de mi pueblo.



La savia circula por dentro de los árboles llevando consigo la memoria de los pieles 

rojas. Los cara pálidas olvidan a su nación cuando mueren y emprenden el viaje a 

las estrellas. No sucede igual con nuestros muertos; nunca olvidan a nuestra tierra 

madre. Nosotros somos parte de la tierra, y la tierra es parte de nosotros.



Las flores que perfuman el aire son nuestras hermanas. El venado, el caballo y el 

águila también son nuestros hermanos; los desfiladeros, los pastizales húmedos, el 

calor del cuerpo del caballo o del nuestro, forman un todo único. Por lo antes dicho, 

creo que el jefe de los cara pálidas pide demasiado al querer comprarnos nuestras 

tierras.




No podemos aceptar su oferta porque para nosotros esta tierra es sagrada. El agua 

que circula por losos y los arroyos de nuestro territorio no es sólo agua, es 

también la sangre de nuestros ancestros. Si les vendiéramos nuestra tierra tendrían 

que tratarla como sagrada, y esto mismo tendan que enseñar a sus hijos.



Cada cosa que se refleja en las aguas cristalinas de los lagos habla de los sucesos pasados de nuestro pueblo.

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