Aplicar la inteligencia

SER LO SUFICIENTEMENTE LISTO PARA ENCONTRAR EL COCHE

El hombre, enojado y exasperado, iba de un lado a otro entre los cientos de autos del estacionamiento del aeropuerto. Exhausto de acarrear las valijas y furioso consigo mismo por no haber copiado el número de la sección donde había estacionado su coche diez días antes, dejó el equipaje junto a un poste de luz. Estaba tan contrariado que ya no le importaba si le robaban las maletas. Se lo tendría merecido, por ser tan estúpido. Eran las tres de la mañana y el horrible final de unas maravillosas vacaciones en el Caribe. Pasó una hora y media más antes de que lograra encontrar el auto.



En el transcurso de su vida, había desperdiciado innumerables horas buscando su coche en las calles de la ciudad y los estacionamientos de los supermercados. En su casa y en el trabajo, pasaba por un ritual diario similar, buscando las llaves, el saco, la billetera o alguna carpeta importante que necesitaba. Al principio, sus socios consideraban divertida esa pequeña rutina y le hacían bromas al respecto. Luego empezaron a preguntarse a qué se debería esa extraña conducta.


El hombre no sólo perdía cosas; también tenía un pésimo sentido de la orientación. Cuando caminaba o manejaba por una zona desconocida, se desorientaba rápidamente. Salir de un cine y encontrar su auto era para él como Un juego de azar. De vez en cuando tenía suerte y se dirigía al lugar adecuado. Pero lo más probable era que se dirigiera al lado errado.


El hombre se perdía incluso en terreno familiar. Nunca atinaba a saber si iba rumbo a su destino o se alejaba de él, y tampoco podía recordar si había estado antes en una calle en particular, salvo que hubiera ido allí al menos tres veces con anterioridad. Se maravillaba de la gente que podía deducir la dirección en la que conducía por la carretera.


Como su padre también tenía un pobre sentido de la orientación y su madre siempre se perdía cuando manejaba, el hombre había llegado a la conclusión de que su ineptitud para encontrar el camino correcto era un mal chiste genético. Resignado a vivir en un estado de continua desorientación, había aprendido a compensarlo dedicando tiempo extra a la tarea de encontrar sus llaves o su rumbo.


Un día el hombre conversó el problema con un amigo que lo escuchó comprensivamente y luego le sugirió una solución sencilla. “Cada vez que estaciones el auto, haz de cuenta que tus ojos son una cámara fotográfica. Mira alrededor y enfoca tu ‘lente’ en un objeto en particular. Este objeto podría ser la torre de control del aeropuerto o el letrero de un negocio. Imagina que realmente tomas una foto de ese objeto y oyes el ‘click’ del disparador. Al enfocar a conciencia tu mente en esa señal sobresaliente, te grabarás los datos geográficos y podrás encontrar el camino de vuelta a tu auto.”


El sistema funcionó magníficamente. Al principio, cada tanto el hombre se olvidaba de usar su “cámara” y se desorientaba. Sin embargo, cuando utilizaba el sistema no tenía dificultad en encontrar las llaves o el coche. Aunque su con fianza “direccional” todavía era endeble, se sentía menos vulnerable y estúpido y sólo se perdía cuando no prestaba atención a los alrededores. La cámara funcionaba incluso en la carretera. Mientras manejaba rumbo a su destino, se ejercitaba tomando nota mental de las señales sobresalientes. En el viaje de vuelta buscaba esas marcas para asegurarse de que iba en la dirección correcta. Aún poseía un sentido de la dirección intrínsecamente pobre, pero perdía mucho menos tiempo buscando el coche, las llaves o la dirección correcta en una ruta.

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