DESARROLLAR LA CAPACIDAD CEREBRAL DE SU HIJO

El cerebro de un bebé recién nacido podría compararse con una esponja seca y apretadamente comprimida. Para el observador casual, quizás la imagen de una esponja seca no resulte particularmente impresionante. Sin embargo, su aparente simplicidad es engañosa, pues la esponja es notablemente funcional. Cuando se la humedece, ocurre una transformación mágica. La esponja comienza a expandirse y se torna elástica.


 A medida que absorbe el líquido, miles de cámaras flexibles surgen literalmente a la vida. Aunque cada cámara es inútil de manera individual, colectivamente son altamente utilitarias.

El cerebro de un niño es infinitamente más complejo que el primitivo sistema de cámaras interactivas de una esponja, aunque entre ambos existe un paralelismo asombroso. El cerebro consiste también en un conjunto de células unidas en un sistema que se torna altamente funcional se le proveen los nutrientes esenciales. Si se lo priva de estos nutrientes, el cerebro —como la esponja seca— nunca desarrolla plenamente su capacidad de desempeñar sus funciones inherentes.

A medida que el cerebro del niño atraviesa los estadios de desarrollo naturales, preprogramados se torna crecientemente eficiente y potente. Casi desde el momento del nacimiento, el bebé comienza un proceso ilimitado de experiencias de clasificación, aprendiéndolas de memoria y asociando las experiencias pasadas con las presentes.

Psicólogos y educadores han documentado que el desarrollo intelectual del niño sigue un itinerario predecible. Dadas la estimulación y la instrucción adecuadas, la habilidad del niño para producir el lenguaje oral y escrito y para entender y manipular números evolucionará hasta transformarse en habilidad para redactar trabajos de investigación y resolver ecuaciones algebraicas. A medida que el cerebro se enseña a sí mismo, y se adiestra de manera formal, sus capacidades intelectuales se expanden. Si el niño posee una inteligencia normal y experiencias que no comprendan traumas ambientales o emocionales significativos, esta expansión le permitirá ulteriormente desempeñar las funciones mentales de nivel más elevado necesarias para la supervivencia y la realización en una sociedad compleja y competitiva. El proceso de ejercitación que torna esto posible se denomina educación. La respuesta del cerebro a este proceso de ejercitación se denomina aprendizaje.

La apremiante necesidad del niño de aprender y desarrollar su intelecto le es impresa por la naturaleza. Aunque controlado en gran medida por el código genético, el proceso de aprendizaje es, en verdad, muy frágil y débil. El simple hecho de heredar la habilidad potencial y recibir educación formal no asegura que un niño se torne capaz de pensamiento eficiente, de planear estratégicamente y dirigir sus esfuerzos hacia una meta. El cerebro del niño debe ser estimulado y nutrido pues, de lo contrario, acaso nunca se vuelva plenamente funcional.

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