CONDUCTA DE MANIPULACION

A los ocho años, la mayoría de los niños ya ha adquirido un vasto depósito de información y experiencia sobre la vida. Han sido condicionados para evitar situaciones peligrosas como correr por el medio de la calle, jugar con fósforos o hablar con extraños. También han desarrollado una aguda intuición acerca de la gente y, por lo general, pueden percibir quiénes son dignos de confianza y a quiénes con viene evitar.


A los ocho años, la mayoría de los niños también ha adquirido un espectro de habilidades de supervivencia psicológica. Han aprendido a regular ciertos aspectos de su medio y a controlar las reacciones que provocan en amigos y adultos. Este control puede ser positivo o negativo. Los parámetros de control negativo incluyen conductas como la manipulación, la resistencia, la negación o la racionalización. Por ejemplo, un niño que a las claras encuentra dificultades con la escuela puede intentar negar que tenga un problema, culpando a la maestra o argumentando que tal profesor es aburrido. No obstante, no todo control es negativo. El niño que decide entrenarse arduamente en gimnasia puede sentirse motivado por un deseo de impresionar a su profesor o a sus padres con sus habilidades y su esfuerzo. Si su desempeño complace al profesor, mejoran sus probabilidades de integrar el equipo de competencia y eso lo hace sentirse bien, su conducta debería considerarse productiva y lista.

Hay niños que se sienten urgidos a ejercer absoluto control sobre su medio y las personas con las que interactúan. Por ejemplo, un niño puede hacer escenas escandalosas y, como resultado, obtener lo que desea. La asociación que imprime con el rédito de su conducta podría influir toda su vida. Al poder provocar este tipo de respuesta, el niño aprende que, para conseguir lo que quiere, le conviene armar un berrinche. Si llega a la conclusión de que éste es el único medio de obtener lo que desea, es probable que se convierta en un ser sumamente detestable o manipulador.

Un niño se siente impulsado a controlar a las personas y las situaciones por razones complejas. Por lo general, la fuente subyacente de esa conducta es el miedo, la inseguridad o una baja autoestima. Los niños seguros, que tienen confianza en sí mismos, no necesitan ser el centro de todas las actividades.

La conducta de manipulación asume diversas formas. Un niño puede descubrir que, si lloriquea y se queja, sus padres lo calmarán y se rendirán. Otro puede descubrir que, si fin ge indefensión, sus padres lo rescatarán invariablemente.

Como se ha afirmado antes, no todas las formas de control necesitan ser manipuladoras, tortuosas o deshonestas. Por ejemplo, un niño puede descubrir el valor positivo de decir cumplidos a la gente. Si los cumplidos no son sinceros, son manipuladores. Si son genuinos y representan un esfuerzo sincero por reconocer a los demás, no serían manipuladores, incluso si el hábito de decir cumplidos funcionara en beneficio del niño. También hay que observar que algunos chicos (y adultos) dicen cumplidos primordialmente porque desean agradar. Tal conducta encierra claros matices de manipulación.

La habilidad de regular ciertas situaciones puede ser vital para la supervivencia emocional, física o financiera. Por ejemplo, una persona debe ser capaz de negociar efectivamente con un vendedor en la compra-venta de un automóvil. Al ejercer el control durante el proceso de negociación, reduce su vulnerabilidad a las tácticas y las presiones propias de la venta. También necesitará aprender cuál es el momento más oportuno para plantearle un aumento a su jefe. La función y la intención de la conducta deben tenerse en cuenta para determinar si una conducta es o no honesta, adecuada y lista.

Antes de poder manejar de manera efectiva la conducta de manipulación, los padres deben ser capaces de detectar- la. Para ello, deben ejercitarse y aprender a escuchar a su hijo en múltiples niveles. Esto requiere distinguir los hechos (una nota baja en una prueba de Matemática) de las interpretaciones, conclusiones, opiniones y sentimientos (“¡Mi maestra no fue justa!”).

Una vez que los padres sean capaces de clasificar el con tenido de la comunicación, pueden responder a los hechos Con estrategias para la solución de problemas (“Tal vez sea necesario que te pongamos un profesor particular”), y a las interpretaciones, conclusiones, opiniones y sentimientos, con Comprensión (“Pareces muy deprimido por tus bajas notas”). Los padres que desarrollan la capacidad de escuchar en múltiples niveles y clasificar lo que oyen, por lo general, descubren que pueden reaccionar de manera más efectiva a la conducta contraproducente de manipulación.

Los padres que sospechan una conducta de manipulación en su hijo deben, en primer lugar, decidir si la tentativa del niño de controlar sucesos específicos es tortuosa o razonable. Los berrinches, las mentiras, las “verdades a medias” y los engaños entran claramente en la categoría de control tortuoso. Los niños que usan tales técnicas, sin embargo, pueden no ser del todo conscientes de lo que hacen. Esto es especialmente cierto cuando la conducta de manipulación se ha convertido en hábito. Cambiar estas pautas de comporta miento puede poner a prueba la paciencia y la tolerancia hasta de los padres más dedicados.

La mayoría de los padres reconoce su responsabilidad de desalentar la conducta contra productiva de manipulación. Responder a ella de manera adecuada y resistir la tentación natural de enojarse puede resultar un desafío. Para que ocurran cambios de conducta positivos, deben dejarse de lado las resistencias y los resentimientos. Aunque es posible obligar a un niño a cambiar su comportamiento, por lo general es más fácil y mucho más eficaz despertar la cooperación del niño y su participación activa en el proceso. El tono y la modalidad que los padres establezcan durante las conversaciones acerca de temas relacionados con la conducta son de vital importancia. Los padres que adoptan una actitud despreciativa o de enfrentamiento sólo pueden esperar una reacción de resistencia, abierta o encubierta. Los ataques frontales no provocan más que defensa. Los padres que adoptan una postura más amable (“¿Es posible que...? “ o “ podría describirse tu conducta?”) suelen encontrar mucho menos resistencia.

Escoger un momento de calma es esencial si usted planea introducir el tema de la conducta de manipulación en una conversación con su hijo. El primer paso consiste en identificar la conducta específica que le preocupa. A continuación deberá explicar por qué usted considera objetable dicha conducta.

No obstante, usted debe reconocer que rara vez una discusión logra cambiar patrones de conducta arraigados, sobre todo cuando el niño se ha acostumbrado a probar sus resultados y límites. Si la conducta persiste, usted debe responder: “Creo que estás tratando de manipularme, y no aceptaré ese comportamiento. Dime lo que sucedió en realidad”. Si la manipulación del chico adopta la forma de un berrinche predecible, usted podrá responder: “Ya veo que estás enojado. Retírate a tu cuarto y enójate todo lo que desees. Cuando estés preparado para hablar con calma sobre cómo te sientes, ven y hablaremos”. Aquellos padres que perciban pautas crónicas de conducta airada o autodestructiva deben consultar a un profesional.

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