ASUMIR EL RIESGO DEL CAMBIO: VIVIR EL "IMPASSE" PARTE 2

Cuando las adaptaciones para la sobrevivencia empiezan a fallar; surge la disfuncionalidad (1)



Muchos de los mecanismos anteriormente citados sirven eficientemente durante la infancia y después; pero otros, tan anclados en nuestras necesidades vitales infantiles, se oponen posteriormente a las necesidades de otras épocas de la vida. En estos casos las respuestas "óptimas" en la infancia se vuelven inoperantes en la adolescencia y en la edad adulta. Así, muchas veces, de manera automática e inconsciente, nos enfrentamos a las exigencias de nuestra vida adulta con los medios que utilizamos para resolver nuestros problemas infantiles; y con frecuencia no funcionan.




Se me ocurren algunos ejemplos simples:



·         si de niño, para evitar ser criticado por mis padres o hermanos tuve que aprender a callarme, de adulto tendré problemas para expresarme en general, o para hablar frente a un grupo.



·         si de niño, aprendí a ocultar mis sentimientos para no ser dañado por los demás, de adulto podré tener limitaciones para vincularme afectivamente con mi pareja.



·         si de niño sólo pude mantener el cariño de mis padres esforzándome sobremanera, dando una imagen de perfección, de adulto esta sobreexigencia hará muy difícil cualquier actividad que emprenda.



Evidentemente en la realidad los hechos no son tan transparentes y las causas de nuestras deficiencias se pierden en una confusa maraña de recuerdos, sensaciones y sentimientos. Sin embargo parece cierto que la persona puede vivir al amparo de sus formas de adaptación habituales, hasta que las necesidades propias de la edad y el crecimiento las hacen inoperantes, arrastrándola a la confusión y a la angustia. Creo que es entonces el momento terrible en donde la disfuncionalidad hace su aparición. Mi propia experiencia es la siguiente:



De repente en un instante, hacia los 15 años, todo dejó de tener sentido, mi cabeza se pobló de una gran cantidad de preguntas sin respuesta y mi cuerpo de sensaciones de terror.



Empecé a sentirme muy infeliz sin saber qué es lo que me sucedía.



Solamente me percataba de que no podía reaccionar ni luchar.



Estaba posesionado por una parte de mí mismo que me hacía sufrir enormemente;



y percibía con gran angustia mi incapacidad para hacer algo al respecto.



No contaba conmigo mismo. Estaba muy solo, a pesar de tener a todos alrededor mío.



Este fue el estallido de una conmoción interna que no ha parado hasta la fecha, y -si bien he podido vivir, crecer y conocer cada vez más la plenitud- creo que no cesará hasta que deje de existir.



La vivencia de la disfuncionalidad


Algunas expresiones de la disfuncionalidad que pude constatar son las siguientes.



Disociación interna. En la disfuncionalidad existe una experiencia de división, de disociación, de desgarramiento interno, por la cual una parte de mí -de la que soy consciente- ve y siente la vida de una manera; y otra -que percibo que es mía solamente en la medida que sale de mi, pero que me es desconocida y hostil- se opone fírmente a ello.



Carencia de libertad. Coincido con Rollo May cuando dice que la persona neurótica que asiste a la terapia... se describe como 'impulsada', incapaz de saber o elegir lo que quiere, y siente varios grados de insatisfacción, infelicidad, conflicto y desesperación. (...) a menudo dicen 'no
sé lo que siento; no sé quién soy' (y) los resultados sintomáticos son la amplia gama de conflictos de ansiedad, pánico y depresión" (pág. 146)



Autoestima devaluada. Según Branden, la autoestima tiene dos componentes: "un sentimiento de capacidad personal y un sentimiento de valor personal". Tener autoestima "..es desarrollar la convicción de que uno es competente para vivir y digno de ser feliz" (Branden, 1991, pág. 12 y
14) Por oposición, creo que el neurótico vive ese sentimiento de falta de valor personal y de incapacidad para vivir la vida; además una íntima percepción de no ser digno de ser feliz.



Angustia . La angustia es el "aceite" de la disfuncionalidad, ésta se expresa siempre por su aparición, y por los esfuerzos desesperados e inútiles para combatirla. En todos los casos, dice Karen Horney: "...nos enfrentamos con un factor... común: la angustia y las defensas levantadas contra ésta (...) esa angustia es el factor que desencadena el proceso neurótico y lo mantiene en actividad". La angustia tiene significado oculto y es subjetiva, a diferencia del miedo que es objetivo y evidente; en virtud de ésta



"...(es inútil) todo intento por librar a un neurótico de su angustia mediante la argumentación persuasiva, pues esa angustia no se refiere a
la situación, tal como objetivamente existe en la realidad, sino (a) como el neurótico la ve" (Horney, 1993, pág. 24 y 42)



No contar consigo mismo. La persona disfuncional está sola en la mayor de las soledades, pues no cuenta consigo misma. Para Kierkegaard la neurosis es un "encerramiento" en donde "la persona (...) está encerrada, (pero) fuera ' de sí, así como de los demás (...) y se (vive con) rigidez, carencia de libertad, vacuidad y tedio" (Kierkegaard, citado por May, 1990, pág.71). Estar encerrado fuera de mi, es estar esclavizado por algo que no sé qué es. Este aislamiento de sí mismo representa la dificultad de contactar con su propia fuerza; por ello al neurótico se le dificulta actuar, porque no cuenta con su propia energía.





El sin-sentido de la vida. Cuestionarse por el sentido de la vida -dice Frankl- es una cuestión totalmente humana que afirma la sanidad de la persona. Pero ser rebasado por la duda para entrar en la angustia y la desesperación, conducen a vivir la existencia como una carga interminable, sin sentido. A esto le llama la neurosis noógena porque se origina en el des-encuentro con nuestro espíritu -el noós; y es únicamente desde esta dimensión espiritual desde donde podemos re-descubrir el sentido de nuestra vida (Frankl, 1987, pág. 59,60)

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