Un diálogo con la muerte

¡De que forma tan inconsciente vivimos nuestra vida y qué pequeños e
impotentes nos sentimos cuando la muerte deja oír su fría voz en nuestro derredor!


Precisamente hoy, estando sumergido en este inmenso mar que es mi Yo
Profundo, me debato entre mis continuos descubrimientos intentando no defraudar a mi pobre Alma, que huérfana y solitaria sobrevive prisionera en esta celda de frágiles huesos y forma de hombre.




A lo largo de mi existencia y por diferentes motivos me he topado con la
muerte en diversas ocasiones. ¡Sí!, han sido numerosas las veces en que la
he visto ataviada con sus diferentes ropajes rondando por los pasillos de mi vida.



La he descubierto una infantil tarde de otoño, cuando guarecida detrás de un repentino y traicionero infarto, se interpuso en el camino de mi abuelo que apaciblemente regresaba de pescar.




Tiempo después al atravesar mi adolescencia volví a descubrirla nuevamente, cuando agazapada detrás de una cruel e inesperada embolia se apoderó de la vida de mi abuela a quien ¡yo tanto quería!





Posteriormente y en medio de una oscura noche sorpresivamente volví a reconocerla cuando de forma intrusa viajaba en aquel coche que temeroso y enceguecido, me embistió violentamente y en el cual viajaban aquellas tres muchachas.



He sentido su fría mano sobre mi hombro aquella veraniega tarde en la que cansado y desconcertado de algunas cosas de este mundo, me senté en aquel muelle pensando en que tal vez, si me dejaba caer en aquellas pestilentes aguas que rondaban bajo mis pies, aliviaría para siempre mi dolor.



Sabes querido amigo... en estos días pasados de tantas lluvias y tormentas, una mañana me senté en un banco del Paseo contemplando al gran Mar.



Después de permanecer un buen rato recreando mis inconstantes pensamientos entre las nubes y la grisácea masa de agua que se agitaba ante mí, intenté adentrarme en el nebuloso horizonte que se presentaba ante mis ojos.



Comencé a reflexionar profundamente en el porqué de mi existencia procurando descubrir cual era el verdadero motivo que me aferraba a ésta misteriosa vida.




Al cabo de un tiempo en el que las nubes comenzaron a huir despavoridas debido al fuerte viento que las perseguía, un sin fin de espacios vacíos se apoderaron de mi mente acallando mis desconcertados pensamientos.
Entonces por unos momentos empecé a sentirme vacío, completamente vacío y sólo, casi sin percibir mi cuerpo, como si estuviera fuera del tiempo...




Tan sólo mi soledad y mi aliento denotaban mi existencia que abstraída en el infinito, se desnudaba frente aquel impresionante Dios vestido de grises y blancos.



Estaba sólo, sólo y vacío... pero conmigo mismo.



No sé si fue por causa de la tenue llovizna que caía, o tal vez por la sigilosa soledad que empapaba mi ser, que mis ojos comenzaron a perder su visión envueltos en una fría humedad. ¡De pronto! tuve la sensación de que
mis manos sujetaban algo, ¡sí! una diminuta y delgada llave que por arte de no se que encanto reposaba entre mis enjutos dedos.



Una pequeña e insignificante llave que podía abrir cualquiera de las dos puertas que se presentaban ante mí: La puerta que custodiaba a la Vida y la puerta donde habitaba la Muerte.



Lo realmente curioso de ésta situación era que mis manos siempre habían guardado esa llave y sin embargo yo, no me había percatado de ello hasta ese preciso momento.



No sé cuanto tiempo transcurrió desde aquel instante de mi descubrimiento, tan sólo sé, que el frío que paralizaba mi cuerpo me sacudió de una forma un tanto temblorosa.




Lentamente, como regresando de un lejano viaje volví a tomar consciencia de mi presencia frente aquel transcendente paisaje.




Entonces fue cuando descubrí que era yo, simplemente yo y nadie más que yo, el que podía escoger cual de las dos puertas quería abrir.


Nadie me obligaba a nada, era siempre mi propia decisión la que generaba mis propias responsabilidades.




Al darme cuenta de ello, una sensación de profunda calma inundó mi ser y comencé a sentirme libre, completamente libre, al comprobar que estaba totalmente en mi mano el aceptar o el rechazar mi existencia en ésta tierra.




Entonces, enormemente aliviado alcé mis ojos hacia el cielo persiguiendo el vuelo de dos enormes gaviotas que alegres y descaradas volaban chillando entre sí.




Cuando éstas hubieron desaparecido entre las nubes, mis ojos volvieron a depositarse en medio de aquel rugiente Mar. Su invencible fuerza y su etérea pureza penetraron en mi interior.




Parecía como si su rugido ahuyentase los indecisos pensamientos que aún pululaban por los rincones de mi mente.





La Eternidad en aquel instante sacudía mi corazón y lo elevaba hacia la puerta que custodiaba la sagrada Vida. Mis labios, embargados por la emoción tan sólo atinaron a pronunciar la mágica palabra que todo lo puede :

"Gracias... gracias..."



De esta forma, volví a adentrarme nuevamente en mi existencia terrena.




Era la primera vez en mis cuarenta y dos años en que tomaba consciencia de una forma tan nítida de lo que significaba el vivir.




Lo hecho, echo estaba, el pasado ahora ya no me importaba.


Lo único verdaderamente importante era cada minuto que esta existencia me estaba regalando.



El hoy era simplemente lo que en estos precisos momentos estaba viviendo.



Lo demás, todo lo demás, ... era una simple ilusión.



En ese mismo instante en el que la paz comenzaba a anidar en mi ser, una vigorosa ráfaga de viento sacudió las viejas hojas de una palmera que me contemplaba en silencio.



Su fuerte y agudo silbido comenzó a irritar a mis oídos al mismo tiempo, en que pequeñas gotas de agua salpicaban mis mejillas.



Eran los restos de una gran ola que había muerto en la orilla. Su blanco espíritu se elevaba con fuerza sobre las aguas, se esparcía por el espacio y volvía nuevamente a caer.



Regresaba otra vez a la gran masa... para volver a comenzar... para volver a vivir...



Conmovido en mi interior, mi espíritu alertaba a mi consciencia y me decía :




¡Mira Juan! ves, ¡ Así es la vida! :



Nacer...vivir....morir...



Llorar...sufrir...resignarse...



Aceptar...comprender....sonreír...



Amar...Perdonar...desapegarse...



¡De pronto! en medio del estruendo de las olas que destrozaban sus robustos cuerpos en la arena, me pareció distinguir una quejante y lejana voz que pretendía decirme no se qué. Entrecerré mis ojos intentando descifrar
aquellas palabras que de forma tan distante llegaban a mis oídos y cual no fue mi sorpresa al descubrir, ¡que era la voz de la propia Muerte, la que se estaba dirigiendo hacia mi.!




¡ Juan... Juan... ! ¡Qué has hecho !



¡Has descubierto mi secreto! ¡Has descubierto mi secreto ! aquel que durante tanto tiempo he guardado en el interior de los seres humanos.



Has roto la vasija del Temor, la que aprisiona sus espíritus y los enceguece.



¡Mírame bien ! ¿Ves quién soy ?



Soy la Muerte, la otra cara de tú existencia sin la cual, tú vida no tendría valor.



En un instintivo gesto como buscando el protegerme no se de qué, escondí mis manos en lo profundo de mis bolsillos y cerré mis ojos.


Nuevamente sus doloridas palabras comenzaron a resonar en mis oídos.



Hoy he perdido mi Poder ante ti y lo he perdido totalmente, porque tu actitud ha sido valiente.



He perdido mi Poder ante ti, porque has renunciado en tu interior a tus apegos. Aquellos apegos que acarreabas a lo largo de tu existencia pensando que eran ellos los que representaban y justificaban tu existencia.



Ahora me encuentro desconcertada y sin fuerzas, porque al no tener que quitarte, ya no me temes."



Conmovido en mi interior por su infantil confesión y su clamoroso dolor, atiné a esbozar una pálida sonrisa pretendiendo suavizar su padecer.



Aquella incomprendida dama de frías manos e inesperada presencia, aquella que los hombres pintaban y miraban con horror, se debatía en estos momentos sorprendentemente atrapada entre su soledad y su desazón.




Entonces, en un impensado gesto de bondad y de justicia exclamé :

Muerte : ¡Escúchame!


Yo no soy sabio, ni mucho menos valiente.



Soy tan frágil como cualquiera de los seres que adormeces a diario en tus brazos.



Soy tan sólo un insignificante ser humano que se ha detenido a observar.



Soy un vagabundo errante que deambula por este mundo en pos de su destino.



Soy un Alma que ha descubierto que:


Las hojas verdes, fuertes y pletóricas de vida, se rinden al paso del tiempo cayendo marchitas y descoloridas.




Qué el viento, ese invisible y poderoso caballero se presenta al igual que tú Muerte en cualquier momento, y que es capaz de entrar por cualquiera de las distintas ventanas de mi casa.



Qué mis ojos, ¡sí! los mismos ojos que brillan ante el amor, son también los mismos que relucen brillando cuando las lágrimas los enjuagan.




Qué nada se detiene y que mientras mis cabellos largos y ancianos mueren cada día en el silencio, otros diminutos e inocentes van creciendo tras ellos.



Qué la cara oculta de mi sonrisa es mi tristeza, y que la Luna resplandece por el Sol.


Qué mi plegaria esconde mi impotencia y que mi pequeñez reconocida, demuestra mi grandeza.



Qué cuando te digo "hasta mañana" soy totalmente inconsciente del momento que estoy viviendo.



Qué muchas veces dejo de vivir el presente por recrearme en el pasado.



Qué el tiempo no existe y que lo que muchas veces las personas llaman futuro, es el vacío de su presente.



Qué cada ilusión en la que me embarco si no lleva implícito el consentimiento de mi Alma, hipoteca absurdamente mi vida.



Qué cada abrazo es una despedida para Siempre, porque cada momento es único y no regresa jamás.



Qué cada amanecer en el que abro mis ojos estoy recibiendo un regalo y que cada noche cuando los cierro, devuelvo mi existencia al infinito. Y que la Eternidad está presente en cada beso, cuando este es dado con el corazón...



* * *
La vida, aparentemente tal como la vivimos, parece ser únicamente la reacción que experimentamos a nivel mental, emocional y físico cuando nos enfrentamos a diferentes estímulos.



 De ésta forma, nuestra existencia se ha
transformado en un simple buscar y seleccionar diferentes tipos de estímulos
para lograr percibir determinadas reacciones, sin tomar en cuenta lo que sucede en lo profundo de nuestro ser más allá de nuestra consciencia habitual y que permanece completamente fuera de nuestro conocimiento.



Hemos perdido la facultad de vivir conscientemente.



¿Qué sucede cuando una persona logra, aunque más no sea por unos momentos, el poder situarse más allá de sus propias reacciones y consigue observarlas sin condenarlas ni justificarlas?



¿Qué ocurre cuando observamos desde fuera de nuestra consciencia habitual las diferentes respuestas mecánicas de nuestro diario funcionar ?



En esos momentos uno se da cuenta de que lo que normalmente llamamos "vida" no tiene absolutamente nada que ver con lo que en realidad la Vida es en sí.



Uno percibe la atemporalidad de la existencia humana y la efímera ilusión de la forma.



Uno descubre una especie de Nada Absoluta en la cual toda la Creación gira armoniosamente y en silencio.



Uno se da cuenta de que la vida de los seres en este plano es semejante a una gigantesca pantalla de cine en la cual se proyectan diferentes películas. Y que la importancia de éstas películas resulta indiferente frente a la inmensidad del proceso de la Creación.




Uno descubre que todo lo que le ha sucedido a una persona para llegar a éste estado de percepción ha sido importante y necesario. Pero también uno se da cuenta, de que todo esfuerzo que realice un ser humano para llegar a este estado de consciencia, es totalmente inútil e innecesario.




Cuando uno comienza a descubrir el proceso de la existencia en sí mismo, uno principia a sentirse inmensamente extraño en medio de su entorno. Descubre entonces que todo por lo que ha luchado hasta el momento presente, cambia repentinamente su valor y por lógica su importancia.



Uno se da cuenta de que infinidad de cosas que aparentemente parecían insignificantes y sin valor alguno, se convierten en objetos de relevancia y de enorme importancia.




Uno descubre como aquella ciega dependencia humana de posesión que lo unía a la persona amada desaparece y en su lugar surge un sentimiento trascendente y diferente.



Uno siente que sus cosas se tambalean, que todo se mueve y se transforma muy de prisa. Surge la necesidad de una absoluta soledad y de momentos de profundo silencio, pues ellos son un reclamo imprescindible del Ser para su
supervivencia en la consciencia.




Uno descubre que al dejar de perseguir...alcanza...



Y que el alcanzar no significa precisamente un logro.



Uno descubre que basta simplemente observar...para poder ver.

Y que el ver no significa mirar.


Uno descubre que basta aceptar la fugaz realidad corpórea para poder vivir sencillamente el presente en su plenitud y de ésta forma descubrir la Eternidad.



Uno percibe como "Dios" (ese sentimiento transcendente de amor) se
manifiesta a través del Silencio del Corazón, muy lejos de las palabras, de
las emociones y de los conceptos que lo intentan atrapar y definir.



Uno descubre que el verdadero lenguaje por el cual las Almas pueden comunicarse es el Amor. El verdadero Amor que nada posee, ni nada desea.


Uno se da cuenta de que únicamente lo que se realiza en él, es auténtico y trascendente.
Y lo demás, todo lo demás, es pasajero.



Dios, la Vida, lo Eterno o como quiéramos llamarlo, desde nuestra actual perspectiva resulta incomprensible para nuestra mente. Tan sólo en algunos momentos podemos alcanzar a percibir un ligero atisbo de lo Eterno cuando nos elevamos por encima de nuestras personalidades y egoísmos.



Y solamente podemos elevarnos, cuando nos damos cuenta de que nuestra vida aquí, es tan minúscula e importante como la de cualquier insecto que muere a diario bajo nuestras pisadas. Al darnos cuenta de ello, al tomar consciencia de nuestra insignificancia, es cuando nuestra mente puede intuir o vislumbrar el eco de lo Eterno, de lo innombrable... de lo que no tiene principio ni fin... y que muchos llaman Dios.



La vida es mucho más simple y sencilla de lo que la interpretamos, nada hay de misterioso en ella. Más allá de todas las sonrisas y de todas las tristezas, más allá de los deseos y de las ilusiones que diariamente nos distraen, más allá de todos los perdones que nos engañan, y en lo profundo de los ojos de nuestros semejantes reside la Eternidad.


Y desde allí, nos sonríe continuamente en todo su esplendor.


Juan Vladimir

* * *

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